Ratón
de campo y ratón de ciudad.
Erase una vez un ratón que vivía en una humilde madriguera en el
campo. Allí, no le hacía falta nada. Tenía una cama de hojas, un cómodo sillón, y flores
por todos los lados.
Cuando sentía hambre, el ratón buscaba frutas silvestres, frutos secos y
setas, para comer. Además, el ratón tenía una salud de hierro. Por las mañanas,
paseaba y corría entre los árboles, y por las tardes, se tumbaba a la sombra de
algún árbol, para descansar, o simplemente respirar aire puro. Llevaba una vida
muy tranquila.
Un día, su primo ratón que vivía en la ciudad, vino a visitarle.
El ratón de campo le invitó a comer sopa de
hierbas. Pero al ratón de la ciudad, acostumbrado a comer comidas
más refinadas, no le gustó.
Y además, no se habituó a la vida de campo. Decía que la
vida en el campo era demasiado aburrida y que la vida en la ciudad era más
emocionante.
Acabó invitando a su primo a viajar con
él a la ciudad para comprobar que allí se vive mejor. El ratón de campo no
tenía muchas ganas de ir, pero acabó cediendo ante la insistencia del otro
ratón.
Nada
más llegar a la ciudad, el ratón de campo pudo sentir que su tranquilidad se
acababa. El ajetreo de la gran ciudad le asustaba. Había peligros por todas
partes.
Había
ruidos de coches, humos, mucho polvo, y un ir y venir intenso de las personas.
La madriguera de su primo era muy distinta de la suya, y estaba en el sótano de
un gran hotel.
Era muy elegante: había camas con colchones de lana, sillones,
finas alfombras, y las paredes eran revestidas. Los armarios rebosaban de quesos, y otras cosas ricas.
En el techo colgaba un oloroso jamón. Cuando los dos ratones se disponían a darse un
buen banquete, vieron a un gato que se asomaba husmeando a la puerta de la
madriguera.
Los ratones huyeron disparados por un agujero. Mientras huía,
el ratón de campo pensaba en el campo cuando, de repente, oyó gritos de una
mujer que, con una escoba en la mano, intentaba darle en la cabeza con
el palo, para matarlo.
El
ratón, más que asustado y hambriento, volvió a la madriguera, dijo adiós a su
primo y decidió volver al campo lo antes que pudo. Los dos se abrazaron y el
ratón de campo emprendió el camino de vuelta.
Desde lejos el aroma de queso recién hecho, hizo que se le
saltaran las lágrimas, pero eran lágrimas de alegría porque poco
faltaba para llegar a su casita. De vuelta a su casa el ratón de campo pensó
que jamás cambiaría su paz por un montón de cosas materiales.
FIN
Patito
feo
En una hermosa mañana de verano, los huevos que habían empollado la mamá Pata
empezaban a romperse, uno a uno. Los patitos fueron saliendo poquito a poco,
llenando de felicidad a los papás y a sus amigos.
Estaban tan contentos que casi no se dieron cuenta de que un huevo, el más
grande de todos, aún permanecía intacto.
Todos,
incluso los patitos recién nacidos, concentraron su atención en el huevo, a ver
cuando se rompería. Al cabo de algunos minutos, el huevo empezó a moverse, y
luego se pudo ver el pico, luego el cuerpo, y las patas del sonriente pato. Era
el más grande, y para sorpresa de todos, muy distinto de los demás. Y como era
diferente, todos empezaron a llamarle el Patito Feo.
La
mamá Pata, avergonzada por haber tenido un patito tan feo, le apartó con el ala
mientras daba atención a los otros patitos. El patito feo empezó a darse cuenta
de que allí no le querían. Y a medida que crecía, se quedaba aún mas feo, y
tenía que soportar las burlas de todos. Entonces, en la mañana siguiente, muy
temprano, el patito decidió irse de la granja.
Triste y solo, el patito siguió un camino por el bosque hasta
llegar a otra granja. Allí, una vieja granjera le recogió, le dio de comer y
beber, y el patito creyó que había encontrado a alguien que le quería. Pero, al
cabo de algunos días, él se dio cuenta de que la vieja era mala y sólo quería
engordarle para transformarlo en un segundo plato. El patito salió corriendo
como pudo de allí.
El invierno había
llegado, y con él, el frío, el hambre y la persecución de los cazadores para el
patito feo. Lo pasó muy mal. Pero sobrevivió hasta la llegada de la primavera. Los días pasaron a ser más calurosos y
llenos de colores. Y el patito empezó a animarse otra vez. Un día, al pasar por
un estanque, vio las aves más hermosas que jamás había visto. Eran elegantes,
delicadas, y se movían como verdaderas bailarinas, por el agua. El patito, aún
acomplejado por la figura y la torpeza que tenía, se acercó a una de ellas y le
preguntó si podía bañarse también en el estanque.
Y
uno de los cisnes le contestó:
-
Pues, ¡claro que sí! Eres uno de los nuestros.
Y le dijo el patito:
- ¿Cómo que soy uno de los vuestros?
Yo soy feo y torpe, todo lo contrario de vosotros.
Y ellos le dijeron:
- Entonces, mira tu reflejo en el agua del estanque y verás cómo no te engañamos.
Y le dijo el patito:
- ¿Cómo que soy uno de los vuestros?
Yo soy feo y torpe, todo lo contrario de vosotros.
Y ellos le dijeron:
- Entonces, mira tu reflejo en el agua del estanque y verás cómo no te engañamos.
El
patito se miró y lo que vio le dejó sin habla. ¡Había crecido y se transformado
en un precioso cisne! Y en este momento, él supo que jamás había sido feo. Él
no era un pato sino un cisne. Y así, el nuevo cisne se unió a los demás y vivió
feliz para siempre.
FIN
Blancanieves
y los siete enanitos.
En un lugar muy lejano vivía una hermosa princesa que se llamaba Blancanieves. Vivía
en un castillo con su madrastra, una mujer muy mala y vanidosa, que lo único
que quería era ser la mujer más hermosa del reino. Todos los días preguntaba a
su espejo mágico quién era la más bella del reino, al que el espejo contestaba:
- Tú eres la más hermosa de todas las mujeres, reina mía. El
tiempo fue pasando hasta que un día el espejo mágico contestó que la más bella
del reino era Blancanieves. La reina, llena de
furia y de rabia, ordenó a un cazador que llevase a Blancanieves al bosque y
que la matara. Y como prueba traería su corazón en un cofre. El cazador llevó a
Blancanieves al bosque pero cuando allí llegaron él sintió lástima de la joven
y le aconsejó que se marchara para muy lejos del castillo, llevando
en el cofre el corazón de un jabalí.Blancanieves,
al verse sola, sintió mucho miedo porque tuvo que pasar la noche andando por la
oscuridad del bosque. Al amanecer, descubrió una preciosa casita. Entró sin
pensarlo dos veces. Los muebles y objetos de la casita eran pequeñísimos. Había
siete platitos en la mesa, siete vasitos, y siete camitas en la alcoba, dónde
Blancanieves, después de juntarlas, se acostó quedando profundamente dormida
durante todo el día.
Al atardecer, llegaron los dueños de la casa. Eran siete enanitos que
trabajaban en unas minas. Se quedaron admirados al descubrir a
Blancanieves. Ella les contó toda su triste historia y los enanitos la
abrazaron y suplicaron a la niña que se quedase con ellos. Blancanieves aceptó
y se quedó a vivir con ellos. Eran felices.
Mientras tanto, en el castillo, la reina se puso otra vez muy
furiosa al descubrir, a través de su espejo mágico, que Blancanieves todavía
vivía y que aún era la más bella del reino. Furiosa y vengativa, la cruel
madrastra se disfrazó de una inocente viejecita y partió hacia la casita del bosque.
Allí, cuando Blancanieves estaba sola, la malvada se acercó y
haciéndose pasar por buena ofreció a la niña una manzana envenenada. Cuando Blancanieves dio el
primer bocado, cayó desmayada, para felicidad de la reina mala. Por la tarde,
cuando los enanitos volvieron del trabajo, encontraron a Blancanieves tendida
en el suelo, pálida y quieta, y creyeron que estaba muerta.
Tristes, los enanitos construyeron una urna de cristal para que
todos los animalitos del bosque pudiesen despedirse de Blancanieves. Unos días
después, apareció por allí un príncipe a
lomos de un caballo. Y nada más contemplar a
Blancanieves, quedó prendado de ella.
Al
despedirse besándola en la mejilla, Blancanieves volvió a la vida, pues el beso
de amor que le había dado el príncipe rompió el hechizo de la malvada reina.
Blancanieves se casó con el príncipe y expulsaron a la cruel reina del palacio,
y desde entonces todos pudieron vivir felices.
FIN
Caperucita
Roja.
En un bosque muy lejos de aquí, vivía una alegre y bonita niña a
la que todos querían mucho. Para su cumpleaños, su mamá le preparó una gran fiesta. Con sus amigos,
la niña jugó, bailó, sopló las velitas, comió tarta y caramelos. Y como era
buena, recibió un montón de regalos. Pero su abuela tenía una sorpresa: le regaló
una capa roja de la que la niña jamás se separó.
Todos los días salía vestida con la caperuza. Y desde entonces,
todos la llamaban de Caperucita Roja. Un día su mamá le llamó y le dijo:
- Caperucita, mañana quiero que vayas a visitar a la abuela porque está enferma. Llévale esta cesta con frutas, pasteles, y una botella de vino dulce.
- Caperucita, mañana quiero que vayas a visitar a la abuela porque está enferma. Llévale esta cesta con frutas, pasteles, y una botella de vino dulce.
A la mañana siguiente, Caperucita se levantó muy temprano, se
puso su capa y se despidió de su mamá que le dijo:
- Hija, ten mucho cuidado. No cruces el bosque ni hables con desconocidos. Pero Caperucita no hizo caso a su mamá. Y como creía que no había peligros, decidió cruzar el bosque para llegar mas temprano.
- Hija, ten mucho cuidado. No cruces el bosque ni hables con desconocidos. Pero Caperucita no hizo caso a su mamá. Y como creía que no había peligros, decidió cruzar el bosque para llegar mas temprano.
Siguió feliz por el camino. Cantando y saludando a todos los
animalitos que cruzaban su camino. Pero lo que ella no sabía es que escondido
detrás de los árboles, se encontraba el lobo que la seguía y observaba. De
repente, el lobo la alcanzó y le dijo:
-
¡Hola Caperucita!
- ¡Hola señor lobo!
- ¿A dónde vas así tan guapa y con tanta prisa?
- Voy a visitar a mi abuela, que está enferma, y a la que llevo frutas, pasteles, y una botella de vino dulce.
- ¿Y dónde vive su abuelita?
- Vive del otro lado del bosque. Y ahora tengo que irme sino no llegaré hoy. Adiós señor lobo.
- ¡Hola señor lobo!
- ¿A dónde vas así tan guapa y con tanta prisa?
- Voy a visitar a mi abuela, que está enferma, y a la que llevo frutas, pasteles, y una botella de vino dulce.
- ¿Y dónde vive su abuelita?
- Vive del otro lado del bosque. Y ahora tengo que irme sino no llegaré hoy. Adiós señor lobo.
El
lobo salió disparado. Corrió todo lo que pudo hasta llegar a la casa de la
abuela. Llamó a la puerta.
-
¿Quién es? Preguntó la abuelita. Y el lobo, imitando la voz de la niña le dijo:
- Soy yo, Caperucita.
- Soy yo, Caperucita.
La
abuela abrió la puerta y no tuvo tiempo de reaccionar. El lobo entró y se la
tragó de un solo bocado. Se puso el gorrito de dormir de la abuela y se metió
en la su cama para esperar a Caperucita. Caperucita, después de recoger algunas
flores del campo para la abuela, finalmente llegó a la casa. Llamó a la puerta
y una voz le dijo que entrara. Cuando Caperucita entró y se acercó a la cama
notó que la abuela estaba muy cambiada. Y preguntó:
- Abuelita, abuelita, ¡qué ojos tan
grandes tienes! Y el lobo, imitando la voz de la abuela, contestó:
- Son para verte mejor.
- Abuelita, ¡qué orejas más grandes tienes!
- Son para oírte mejor.
- Abuelita, ¡qué nariz más grande tienes!
- Son para olerte mejor.
- Son para verte mejor.
- Abuelita, ¡qué orejas más grandes tienes!
- Son para oírte mejor.
- Abuelita, ¡qué nariz más grande tienes!
- Son para olerte mejor.
Y
ya asustada, siguió preguntando:
- Pero abuelita, ¡qué dientes tan
grandes tienes!
- ¡Son para comerte mejor!
- ¡Son para comerte mejor!
Y el lobo saltando sobre caperucita, se la comió también de un
bocado. El lobo, con la tripa totalmente llena acabó durmiéndose en la cama de
abuela. Caperucita y su abuelita empezaron a dar gritos de auxilio desde dentro
de la barriga del lobo. Los gritos fueron oídos por un leñador
que pasaba por allí y se acercó para ver lo que pasaba.
Cuando
entró en la casa y percibió todo lo que había sucedido, abrió la barriga del
lobo, salvando la vida de Caperucita y de la abuela. Después, llenó piedras a
la barriga del lobo y la cosió. Cuando el lobo se despertó sentía mucha sed. Y
se fue a un pozo a beber agua. Pero al agacharse la tripa le pesó y el lobo
acabó cayendo dentro del pozo del que jamás consiguió salir.Y así, todos
pudieron vivir libres de preocupaciones en el bosque. Y Caperucita prometió a
su mamá que jamás volvería a desobedecerla.
FIN
Rapunzel
Había una vez una pareja que desde hacía mucho tiempo deseaba
tener hijos. Aunque la espera fue larga, por fin, sus sueños se hicieron
realidad.
La futura madre miraba por la ventana las lechugas del huerto
vecino. Se le hacía agua la boca nada más de pensar lo maravilloso que sería
poder comerse una de esas lechugas.
Sin embargo, el huerto le pertenecía a una bruja y por eso nadie
se atrevía a entrar en él. Pronto, la mujer ya no pensaba más que en esas
lechugas, y por no querer comer otra cosa empezó a enfermarse. Su esposo,
preocupado, resolvió entrar a escondidas en el huerto cuando cayera la noche,
para coger algunas lechugas.
La mujer se las comió todas, pero en vez de calmar su antojo, lo
empeoró. Entonces, el esposo regresó a la huerta. Esa noche, la bruja lo
descubrió.
-¿Cómo te atreves a robar mis lechugas? -chilló.
Aterrorizado, el hombre le explicó a la bruja que todo se debía
a los antojos de su mujer.
-Puedes llevarte las lechugas que quieras -dijo la bruja -, pero
a cambio tendrás que darme al bebé cuando nazca.
El pobre hombre no tuvo más remedio que aceptar. Tan pronto
nació, la bruja se llevó a la hermosa niña. La llamó Rapunzel. La belleza de
Rapunzel aumentaba día a día. La bruja resolvió entonces esconderla para que
nadie más pudiera admirarla. Cuando Rapunzel llegó a la edad de los doce años,
la bruja se la llevó a lo más profundo del bosque y la encerró en una torre sin
puertas ni escaleras, para que no se pudiera escapar. Cuando la bruja iba a
visitarla, le decía desde abajo:
-Rapunzel, tu trenza deja caer.
La niña dejaba caer por la ventana su larga trenza rubia y la
bruja subía. Al cabo de unos años, el destino quiso que un príncipe pasara por
el bosque y escuchara la voz melodiosa de Rapunzel, que cantaba para pasar las
horas. El príncipe se sintió atraído por la hermosa voz y quiso saber de dónde
provenía. Finalmente halló la torre, pero no logró encontrar ninguna puerta
para entrar. El príncipe quedó prendado de aquella voz. Iba al bosque tantas
veces como le era posible. Por las noches, regresaba a su castillo con el
corazón destrozado, sin haber encontrado la manera de entrar. Un buen día, vio
que una bruja se acercaba a la torre y llamaba a la muchacha.
-Rapunzel, tu trenza deja caer.
El príncipe observó sorprendido. Entonces comprendió que aquella
era la manera de llegar hasta la muchacha de la hermosa voz. Tan pronto se fue
la bruja, el príncipe se acercó a la torre y repitió las mismas palabras:
-Rapunzel, tu trenza deja caer.
La muchacha dejó caer la trenza y el príncipe subió. Rapunzel
tuvo miedo al principio, pues jamás había visto a un hombre. Sin embargo, el
príncipe le explicó con toda dulzura cómo se había sentido atraído por su hermosa
voz. Luego le pidió que se casara con él. Sin dudarlo un instante, Rapunzel
aceptó. En vista de que Rapunzel no tenía forma de salir de la torre, el
príncipe le prometió llevarle un ovillo de seda cada vez que fuera a visitarla.
Así, podría tejer una escalera y escapar. Para que la bruja no sospechara nada,
el príncipe iba a visitar a su amada por las noches. Sin embargo, un día
Rapunzel le dijo a la bruja sin pensar:
-Tú eres mucho más pesada que el príncipe.
-¡Me has estado engañando! -chilló la bruja enfurecida y cortó
la trenza de la muchacha.
Con un hechizo la bruja envió a Rapunzel a una tierra apartada e
inhóspita. Luego, ató la trenza a un garfio junto a la ventana y esperó la
llegada del príncipe. Cuando éste llegó, comprendió que había caído en una
trampa.
-Tu preciosa ave cantora ya no está -dijo la bruja con voz
chillona -, ¡y no volverás a verla nunca más!
Transido de dolor, el príncipe saltó por la ventana de la torre.
Por fortuna, sobrevivió pues cayó en una enredadera de espinas. Por desgracia,
las espinas le hirieron los ojos y el desventurado príncipe quedó ciego.
¿Cómo buscaría ahora a Rapunzel?
Durante muchos meses, el príncipe vagó por los bosques, sin
parar de llorar. A todo aquel que se cruzaba por su camino le preguntaba si
había visto a una muchacha muy hermosa llamada Rapunzel. Nadie le daba razón.
Cierto día, ya casi a punto de perder las esperanzas, el
príncipe escuchó a lo lejos una canción triste pero muy hermosa. Reconoció la
voz de inmediato y se dirigió hacia el lugar de donde provenía, llamando a
Rapunzel.
Al verlo, Rapunzel corrió a abrazar a su amado. Lágrimas de
felicidad cayeron en los ojos del príncipe. De repente, algo extraordinario
sucedió:
¡El príncipe recuperó la vista!
El príncipe y Rapunzel lograron encontrar el camino de regreso
hacia el reino. Se casaron poco tiempo después y fueron una pareja muy feliz.
El flautista de Hamelín
Había una vez…
…Una pequeña ciudad al norte de Alemania, llamada Hamelin. Su
paisaje era placentero y su belleza era exaltada por las riberas de un río
ancho y profundo que surcaba por allí. Y sus habitantes se enorgullecían de
vivir en un lugar tan apacible y pintoresco.
Pero… un día, la ciudad se vio atacada por una terrible plaga:
¡Hamelin estaba lleno de ratas!
Había tantas y tantas que se atrevían a desafiar a los perros,
perseguían a los gatos, sus enemigos de toda la vida; se subían a las
cunas para morder a los niños allí dormidos y hasta robaban enteros los quesos
de las despensas para luego comérselos, sin dejar una miguita. ¡Ah!, y además…
Metían los hocicos en todas las comidas, husmeaban en los cucharones de los
guisos que estaban preparando los cocineros, roían las ropas domingueras de la
gente, practicaban agujeros en los costales de harina y en los barriles de
sardinas saladas, y hasta pretendían trepas por las anchas faldas de las
charlatanas mujeres reunidas en la plaza, ahogando las voces de las pobres
asustadas con sus agudos y desafinados chillidos.
¡La vida en Hamelin se estaba tornando insoportable!
…Pero llegó un día en que el pueblo se hartó de esta situación.
Y todos, en masa, fueron a congregarse frente al Ayuntamiento.
¡Qué exaltados estaban todos!
No hubo manera de calmar los ánimos de los allí reunidos.
-¡Abajo el alcalde! – gritaban unos.
-¡Ese hombre es un pelele! – decían otros.
-¡Que los del Ayuntamiento nos den una solución! – exigían los
de más allá.
Con las mujeres la cosa era peor.
– Pero, ¿qué se creen? – vociferaban -. ¡Busquen el modo de
librarnos de la plaga de las ratas! ¡O hallan el remedio de terminar con esta
situación o los arrastraremos por las calles! ¡Así lo haremos, como hay Dios!
Al oír tales amenazas, el alcalde y los concejales quedaron
consternados y temblando de miedo.
¿Qué hacer?
Una larga hora estuvieron sentados en el salón de la alcaldía
discurriendo en la forma de lograr atacar a las ratas. Se sentían tan
preocupados, que no encontraban ideas para lograr una buena solución contra la
plaga.
Por fin, el alcalde se puso de pie para exclamar:
-¡Lo que yo daría por una buena ratonera!
Apenas se hubo extinguido el eco de la última palabra, cuando
todos los reunidos oyeron algo inesperado. En la puerta del Concejo Municipal
sonaba un ligero repiqueteo.
-¡Dios nos ampare! – gritó el alcalde, lleno de pánico -. Parece
que se oye el roer de una rata. ¿Me habrán oído?
Los ediles no respondieron, pero el repiqueteo siguió oyéndose.
-¡Pase adelante el que llama! – vociferó el alcalde, con voz
temblorosa y dominando su terror.
Y entonces entró en la sala el más extraño personaje que se
puedan imaginar.
Llevaba una rara capa que le cubría del cuello a los pies y que
estaba formada por recuadros negros, rojos y amarillos. Su portador era un
hombre alto, delgado y con agudos ojos azules, pequeños como cabezas de
alfiler. El pelo le caía lacio y era de un amarillo claro, en contraste con la
piel del rostro que aparecía tostada, ennegrecida por las inclemencias del
tiempo. Su cara era lisa, sin bigotes ni barbas; sus labios se contraían en una
sonrisa que dirigía a unos y otros, como si se hallara entre grandes amigos.
Alcalde y concejales le contemplaron boquiabiertos, pasmados
ante su alta figura y cautivados, a la vez, por su estrambótico atractivo.
El desconocido avanzó con gran simpatía y dijo:
– Perdonen, señores, que me haya atrevido a interrumpir su
importante reunión, pero es que he venido a ayudarlos. Yo soy capaz, mediante
un encanto secreto que poseo, de atraer hacia mi persona a todos los seres que
viven bajo el sol. Lo mismo da si se arrastran sobre el suelo que si nadan en
el agua, que si vuelan por el aire o corran sobre la tierra. Todos ellos me
siguen, como ustedes no pueden imaginárselo.
Principalmente, uso de mi poder mágico con los animales que más
daño hacen en los pueblos, ya sean topos o sapos, víboras o lagartijas. Las
gentes me conocen como el Flautista Mágico.
En tanto lo escuchaban, el alcalde y los concejales se dieron
cuenta que en torno al cuello lucía una corbata roja con rayas amarillas, de la
que pendía una flauta.
También observaron que los dedos del extraño visitante se movían
inquietos, al compás de sus palabras, como si sintieran impaciencia por
alcanzar y tañer el instrumento que colgaba sobre sus raras vestiduras.
El flautista continuó hablando así:
– Tengan en cuenta, sin embargo, que soy hombre pobre. Por eso
cobro por mi trabajo. El año pasado libré a los habitantes de una aldea
inglesa, de una monstruosa invasión de murciélagos, y a una ciudad asiática le
saqué una plaga de mosquitos que los mantenía a todos enloquecidos por las
picaduras.
Ahora bien, si los libro de la preocupación que los molesta, ¿me
darían un millar de florines?
-¿Un millar de florines? ¡Cincuenta millares!- respondieron a
una el asombrado alcalde y el concejo entero.
Poco después bajaba el flautista por la calle principal de
Hamelin. Llevaba una fina sonrisa en sus labios, pues estaba seguro del gran
poder que dormía en el alma de su mágico instrumento.
De pronto se paró. Tomó la flauta y se puso a soplarla, al mismo
tiempo que guiñaba sus ojos de color azul verdoso. Chispeaban como cuando se
espolvorea sal sobre una llama.
Arrancó tres vivísimas notas de la flauta.
Al momento se oyó un rumor. Pareció a todas las gentes de
Hamelin como si lo hubiese producido todo un ejército que despertase a un
tiempo. Luego el murmullo se transformó en ruido y, finalmente, éste creció
hasta convertirse en algo estruendoso.
¿Y saben lo que pasaba? Pues que de todas las casas empezaron a
salir ratas.
Salían a torrentes. Lo mismo las ratas grandes que los ratones
chiquitos; igual los roedores flacuchos que los gordinflones. Padres, madres,
tías y primos ratoniles, con sus tiesas colas y sus punzantes bigotes. Familias
enteras de tales bichos se lanzaron en pos del flautista, sin reparar en
charcos ni hoyos.
Y el flautista seguía tocando sin cesar, mientras recorría calle
tras calle. Y en pos iba todo el ejército ratonil danzando sin poder
contenerse. Y así bailando, bailando llegaron las ratas al río, en donde fueron
cayendo todas, ahogándose por completo.
Sólo una rata logró escapar. Era una rata muy fuerte que nadó
contra la corriente y pudo llegar a la otra orilla. Corriendo sin parar fue a
llevar la triste nueva de lo sucedido a su país natal, Ratilandia.
Una vez allí contó lo que había sucedido.
– Igual les hubiera sucedido a todas ustedes. En cuanto llegaron
a mis oídos las primeras notas de aquella flauta no pude resistir el deseo de
seguir su música. Era como si ofreciesen todas las golosinas que encandilan a
una rata. Imaginaba tener al alcance todos los mejores bocados; me parecía una
voz que me invitaba a comer a dos carrillos, a roer cuanto quería, a pasarme
noche y día en eterno banquete, y que me incitaba dulcemente, diciéndome:
“¡Anda, atrévete!” Cuando recuperé la noción de la realidad estaba en el río y
a punto de ahogarme como las demás.
¡Gracias a mi fortaleza me he salvado!
Esto asustó mucho a las ratas que se apresuraron a esconderse en
sus agujeros.
Y, desde luego, no volvieron más a Hamelin.
¡Había que ver a las gentes de Hamelin!
Cuando comprobaron que se habían librado de la plaga que tanto
les había molestado, echaron al vuelo las campanas de todas las iglesias, hasta
el punto de hacer retemblar los campanarios.
El alcalde, que ya no temía que le arrastraran, parecía un jefe
dando órdenes a los vecinos:
-¡Vamos! ¡Busquen palos y ramas! ¡Hurguen en los nidos de las
ratas y cierren luego las entradas! ¡Llamen a carpinteros y albañiles y
procuren entre todos que no quede el menor rastro de las ratas!
Así estaba hablando el alcalde, muy ufano y satisfecho. Hasta
que, de pronto, al volver la cabeza, se encontró cara a cara con el flautista
mágico, cuya arrogante y extraña figura se destacaba en la plaza-mercado de
Hamelin.
El flautista interrumpió sus órdenes al decirle:
– Creo, señor alcalde, que ha llegado el momento de darme mis
mil florines.
¡Mil florines! ¡Qué se pensaba! ¡Mil florines!
El alcalde miró hoscamente al tipo extravagante que se los
pedía. Y lo mismo hicieron sus compañeros de corporación, que le habían estado
rodeando mientras manoteaba.
¿Quién pensaba en pagar a semejante vagabundo de la capa
coloreada?
-¿Mil florines… ?- dijo el alcalde -. ¿Por qué?
– Por haber ahogado las ratas – respondió el flautista.
-¿Que tú has ahogado las ratas? – exclamó con fingido asombro la
primera autoridad de Hamelin, haciendo un guiño a sus concejales -. Ten muy en
cuenta que nosotros trabajamos siempre a la orilla del río, y allí hemos visto,
con nuestros propios ojos, cómo se ahogaba aquella plaga. Y, según creo, lo que
está bien muerto no vuelve a la vida. No vamos a regatearte un trago de vino
para celebrar lo ocurrido y también te daremos algún dinero para rellenar tu
bolsa. Pero eso de los mil florines, como te puedes figurar, lo dijimos en
broma. Además, con la plaga hemos sufrido muchas pérdidas… ¡Mil florines!
¡Vamos, vamos…! Toma cincuenta.
El flautista, a medida que iba escuchando las palabras del
alcalde, iba poniendo un rostro muy serio. No le gustaba que lo engañaran con
palabras más o menos melosas y menos con que se cambiase el sentido de las
cosas.
-¡No diga más tonterías, alcalde! – exclamó -. No me gusta
discutir. Hizo un pacto conmigo, ¡cúmplalo!
-¿Yo? ¿Yo, un pacto contigo? – dijo el alcalde, fingiendo
sorpresa y actuando sin ningún remordimiento pese a que había engañado y
estafado al flautista.
Sus compañeros de corporación declararon también que tal cosa no
era cierta.
El flautista advirtió muy serio:
-¡Cuidado! No sigan excitando mi cólera porque darán lugar a que
toque mi flauta de modo muy diferente.
Tales palabras enfurecieron al alcalde.
-¿Cómo se entiende? – bramó -. ¿Piensas que voy a tolerar tus
amenazas? ¿Que voy a consentir en ser tratado peor que un cocinero? ¿Te olvidas
que soy el alcalde de Hamelin? ¿Qué te has creído?
El hombre quería ocultar su falta de formalidad a fuerza de
gritos, como siempre ocurre con los que obran de este modo.
Así que siguió vociferando:
-¡A mí no me insulta ningún vago como tú, aunque tenga una
flauta mágica y unos ropajes como los que tú luces!
-¡Se arrepentirán!
-¿Aun sigues amenazando, pícaro vagabundo?- aulló el alcalde,
mostrando el puño a su interlocutor -. ¡Haz lo que te parezca, y sopla la
flauta hasta que revientes!
El flautista dio media vuelta y se marchó de la plaza.
Empezó a andar por una calle abajo y entonces se llevó a los
labios la larga y bruñida caña de su instrumento, del que sacó tres notas. Tres
notas tan dulces, tan melodiosas, como jamás músico alguno, ni el más hábil,
había conseguido hacer sonar.
Eran arrebatadoras, encandilaban al que las oía.
Se despertó un murmullo en Hamelin. Un susurro que pronto
pareció un alboroto y que era producido por alegres grupos que se precipitaban
hacia el flautista, atropellándose en su apresuramiento.
Numerosos piececitos corrían batiendo el suelo, menudos zuecos
repiqueteaban sobre las losas, muchas manitas palmoteaban y el bullicio iba en
aumento. Y como pollos en un gran gallinero, cuando ven llegar al que les trae
su ración de cebada, así salieron corriendo de casas y palacios, todos los
niños, todos los muchachos y las jovencitas que los habitaban, con sus rosadas
mejillas y sus rizos de oro, sus chispeantes ojitos y sus dientecitos
semejantes a perlas. Iban tropezando y saltando, corriendo gozosamente tras del
maravilloso músico, al que acompañaban con su vocerío y sus carcajadas.
El alcalde enmudeció de asombro y los concejales también.
Quedaron inmóviles como tarugos, sin saber qué hacer ante lo que
estaban viendo. Es más, se sentían incapaces de dar un solo paso ni de lanzar
el menor grito que impidiese aquella escapatoria de los niños.
No se les ocurrió otra cosa que seguir con la mirada, es decir,
contemplar con muda estupidez, la gozosa multitud que se iba en pos del
flautista.
Sin embargo, el alcalde salió de su pasmo y lo mismo les pasó a
los concejales cuando vieron que el mágico músico se internaba por la calle
Alta camino del río.
¡Precisamente por la calle donde vivían sus propios hijos e
hijas!
Por fortuna, el flautista no parecía querer ahogar a los niños.
En vez de ir hacia el río, se encaminó hacia el sur, dirigiendo sus pasos hacia
la alta montaña, que se alzaba próxima. Tras él siguió, cada vez más presurosa,
la menuda tropa.
Semejante ruta hizo que la esperanza levantara los oprimidos
pechos de los padres.
-¡Nunca podrá cruzar esa intrincada cumbre! – se dijeron las
personas mayores -.
Además, el cansancio le hará soltar la flauta y nuestros hijos
dejarán de seguirlo.
Mas he aquí que, apenas empezó el flautista a subir la falda de la
montaña, las tierras se agrietaron y se abrió un ancho y maravilloso portalón.
Pareció como si alguna potente y misteriosa mano hubiese excavado
repentinamente una enorme gruta.
Por allí penetró el flautista, seguido de la turba de
chiquillos. Y así que el último de ellos hubo entrado, la fantástica puerta
desapareció en un abrir y cerrar de ojos, quedando la montaña igual que como
estaba.
Sólo quedó fuera uno de los niños. Era cojo y no pudo acompañar
a los otros en sus bailes y corridas.
A él acudieron el alcalde, los concejales y los vecinos, cuando
se les pasó el susto ante lo ocurrido.
Y lo hallaron triste y cariacontecido.
Como le reprocharon que no se sintiera contento por haberse
salvado de la suerte de sus compañeros, replicó:
-¿Contento? ¡Al contrario! Me he perdido todas las cosas bonitas
con que ahora se estarán recreando. También a mí me las prometió el flautista
con su música, si le seguía; pero no pude.
-¿Y qué les prometía? – preguntó su padre, curioso.
– Dijo que nos llevaría a todos a una tierra feliz, cerca de
esta ciudad donde abundan los manantiales cristalinos y se multiplican los
árboles frutales, donde las flores se colorean con matices más bellos, y todo
es extraño y nunca visto. Allí los gorriones brillan con colores más hermosos que
los de nuestros pavos reales; los perros corren más que los gamos de por aquí.
Y las abejas no tienen aguijón, por lo que no hay miedo que nos hieran al
arrebatarles la miel. Hasta los caballos son extraordinarios: nacen con alas de
águila.
– Entonces, si tanto te cautivaba, ¿por qué no lo seguiste?
– No pude, por mi pierna enferma- se dolió el niño -. Cesó la
música y me quedé inmóvil. Cuando me di cuenta que esto me pasaba, vi que los
demás habían desaparecido por la colina, dejándome solo contra mi deseo.
¡Pobre ciudad de Hamelin! ¡Cara pagaba su avaricia!
El alcalde mandó gentes a todas partes con orden de ofrecer al
flautista plata y oro con qué rellenar sus bolsillos, a cambio de que volviese
trayendo los niños.
Cuando se convencieron de que perdían el tiempo y de que el
flautista y los niños habían partido para siempre, ¡cuánto dolor experimentaron
las gentes! ¡Cuántas lamentaciones y lágrimas! ¡Y todo por no cumplir con el
pacto establecido!
Para que todos recordasen lo sucedido, el lugar donde vieron
desaparecer a los niños lo titularon Calle del Flautista Mágico. Además, el
alcalde ordenó que todo aquel que se atreviese a tocar en Hamelin una flauta o
un tamboril, perdiera su ocupación para siempre. Prohibió, también, a cualquier
hostería o mesón que en tal calle se instalase, profanar con fiestas o
algazaras la solemnidad del sitio.
Luego fue grabada la historia en una columna y la pintaron
también en el gran ventanal de la iglesia para que todo el mundo la conociese y
recordasen cómo se habían perdido aquellos niños de Hamelin.
Simbad el marino
Hace muchos, muchísimos años, en la ciudad de Bagdad vivía un
joven llamado Simbad. Era muy pobre y, para ganarse la vida, se veía obligado a
transportar pesados fardos, por lo que se le conocía como Simbad el Cargador.
– ¡Pobre de mí! -se lamentaba- ¡qué triste suerte la mía!
Quiso el destino que sus quejas fueran oídas por el dueño de una
hermosa casa, el cual ordenó a un criado que hiciera entrar al joven.
A través de maravillosos patios llenos de flores, Simbad el
Cargador fue conducido hasta una sala de grandes dimensiones.
En la sala estaba dispuesta una mesa llena de las más exóticas
viandas y los más deliciosos vinos. En torno a ella había sentadas varias
personas, entre las que destacaba un anciano, que habló de la siguiente manera:
-Me llamo Simbad el Marino. No creas que mi vida ha sido fácil.
Para que lo comprendas, te voy a contar mis aventuras…
” Aunque mi padre me dejó al morir una fortuna considerable; fue
tanto lo que derroché que, al fin, me vi pobre y miserable. Entonces vendí lo
poco que me quedaba y me embarqué con unos mercaderes. Navegamos durante
semanas, hasta llegar a una isla. Al bajar a tierra el suelo tembló de repente
y salimos todos proyectados: en realidad, la isla era una enorme ballena. Como
no pude subir hasta el barco, me dejé arrastrar por las corrientes agarrado a
una tabla hasta llegar a una playa plagada de palmeras. Una vez en tierra
firme, tomé el primer barco que zarpó de vuelta a Bagdad…”
L legado a este punto, Simbad el Marino interrumpió su relato.
Le dio al muchacho 100 monedas de oro y le rogó que volviera al día siguiente.
Así lo hizo Simbad y el anciano prosiguió con sus andanzas…
” Volví a zarpar. Un día que habíamos desembarcado me quedé
dormido y, cuando desperté, el barco se había marchado sin mí.
L legué hasta un profundo valle sembrado de diamantes. Llené un
saco con todos los que pude coger, me até un trozo de carne a la espalda y
aguardé hasta que un águila me eligió como alimento para llevar a su nido,
sacándome así de aquel lugar.”
Terminado el relato, Simbad el Marino volvió a darle al joven
100 monedas de oro, con el ruego de que volviera al día siguiente…
“Hubiera podido quedarme en Bagdad disfrutando de la fortuna
conseguida, pero me aburría y volví a embarcarme. Todo fue bien hasta que nos
sorprendió una gran tormenta y el barco naufragó.
Fuimos arrojados a una isla habitada por unos enanos terribles,
que nos cogieron prisioneros. Los enanos nos condujeron hasta un gigante que
tenía un solo ojo y que comía carne humana. Al llegar la noche, aprovechando la
oscuridad, le clavamos una estaca ardiente en su único ojo y escapamos de aquel
espantoso lugar.
De vuelta a Bagdad, el aburrimiento volvió a hacer presa en mí.
Pero esto te lo contaré mañana…”
Y con estas palabras Simbad el Marino entregó al joven 100
piezas de oro.
“Inicié un nuevo viaje, pero por obra del destino mi barco
volvió a naufragar. Esta vez fuimos a dar a una isla llena de antropófagos. Me
ofrecieron a la hija del rey, con quien me casé, pero al poco tiempo ésta
murió. Había una costumbre en el reino: que el marido debía ser enterrado con
la esposa. Por suerte, en el último momento, logré escaparme y regresé a Bagdad
cargado de joyas…”
Y así, día tras día, Simbad el Marino fue narrando las
fantásticas aventuras de sus viajes, tras lo cual ofrecía siempre 100 monedas
de oro a Simbad el Cargador. De este modo el muchacho supo de cómo el afán de
aventuras de Simbad el Marino le había llevado muchas veces a enriquecerse,
para luego perder de nuevo su fortuna.
El anciano Simbad le contó que, en el último de sus viajes,
había sido vendido como esclavo a un traficante de marfil. Su misión consistía
en cazar elefantes. Un día, huyendo de un elefante furioso, Simbad se subió a
un árbol. El elefante agarró el tronco con su poderosa trompa y sacudió el
árbol de tal modo que Simbad fue a caer sobre el lomo del animal. Éste le
condujo entonces hasta un cementerio de elefantes; allí había marfil suficiente
como para no tener que matar más elefantes.
Simbad así lo comprendió y, presentándose ante su amo, le
explicó dónde podría encontrar gran número de colmillos. En agradecimiento, el
mercader le concedió la libertad y le hizo muchos y valiosos regalos.
“Regresé a Bagdag y ya no he vuelto a embarcarme -continuó
hablando el anciano-. Como verás, han sido muchos los avatares de mi vida. Y si
ahora gozo de todos los placeres, también antes he conocido todos los
padecimientos.”
Cuando terminó de hablar, el anciano le pidió a Simbad el
Cargador que aceptara quedarse a vivir con él. El joven Simbad aceptó encantado,
y ya nunca más, tuvo que soportar el peso de ningún fardo…
El cisne orgulloso
En un maravilloso y precioso bosque, había un gran lago y
dentro, y a su alrededor, vivían gran cantidad de animales de todo tipo.
De entre todos ellos destacaba un gran cisne blanco con unas plumas
largas y brillantes, dotado de una belleza sin igual y que era considerado como
el cisne más bello del mundo. Era tan bonito que había ganado
todos los concursos de belleza a los que se había presentado, y eso hacía que cada vez se paseara más y más orgulloso, despreciando a todos los demás animales, e incluso se negaba a hablar con ellos, pues no estaba dispuesto a que lo viesen con animales que para el eran tan feos y desagradables. Era tal el grado de vanidad que tenía que los animales estaban hartos de él y un día un pequeño puerco espín se decidió a darle una buena lección.
todos los concursos de belleza a los que se había presentado, y eso hacía que cada vez se paseara más y más orgulloso, despreciando a todos los demás animales, e incluso se negaba a hablar con ellos, pues no estaba dispuesto a que lo viesen con animales que para el eran tan feos y desagradables. Era tal el grado de vanidad que tenía que los animales estaban hartos de él y un día un pequeño puerco espín se decidió a darle una buena lección.
Fue a ver al cisne, y delante de todos le dijo que no era tan
bello, que si ganaba todos los concursos era porque los jurados estaban
influenciados por su fama, y que todos sabían que él un pequeño puerco espín era
más bello. Entonces el cisne se enfureció, y entre risas y desprecios le dijo
“pero que tonterías estas diciendo, yo a tí te gano un concurso con el jurado
que quieras”. “Vale, acepto, nos vemos el sábado”, respondió el puerco espín, y
dándose media vuelta se alejó muy orgulloso, sin dar tiempo al cisne a decir
nada más.
Ese sábado, fue todo un acontecimiento en el bosque y todos
fueron a ver el concurso, el cisne se lavó en el lago con gran cuidado y cuando
se secó sus plumas blancas relucían como el mismísimo sol. El cisne marchaba
confiada y terriblemente altivo, hasta que vio quiénes formaban el jurado:
comadrejas, hamsters, ratones y un tejón. Rápidamente entendió que la belleza
dependía de quien la mirara y que ese feo puerco espín para los animales que
formaban el jurado era muy bello pues era parecido a ellos, y que él con toda
su majestuosidad no les resultaba mínimamente atractivo, por lo que el
puerco espín ganó el concurso claramente, dejando al cisne lloroso y humillado,
pero aprendiendo una lección que nunca olvidaría, y a partir de ese momento fue
amable con todos los animales, hablando con ellos y ayudándoles en lo que
podía.
Con todo esto el cisne y el puerco espín se hicieron grandes
amigos y era frecuente verlos pasear o riendo sentados en la orilla del lago.
Un día los animales se reunieron y le dijeron al cine que había ganado un nuevo
concurso, uno que le hizo más feliz y del que estuvo más orgulloso, que de
todos los demás que había ganado antes: el premio a la humildad.
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